[Reseña cine] La Forma del Agua (The Shape of Water): El amor de Guillermo del Toro por su cine escala hasta la perpetuidad

Guillermo del Toro es mi genio mexicano favorito, algo imposible de refutar luego de haber tenido la fortuna de ver The Shape of Water hace varios días atrás. El tiempo para masticarla me ha hecho crecer más y más mis sentimientos hacia ella, y a menos de una semana del estreno oficial me alejo de la razón para dejar que el corazón gane la batalla y así declarar que el compadre la hizo, he caído flechado y con una sonrisa en la cara.


Elisa (Sally Hawkins) es una joven muda que trabaja como conserje en un laboratorio secreto en plena Guerra Fría. Un día traen al laboratorio una extraña criatura humanoide proveniente de las aguas de un río sudamericano, y su curiosidad da pie a que surja un romance entre ambos en su sentido más amplio. Hay que comenzar diciendo que The Shape Of Water es un cuento de hadas en toda su esencia. La princesa y el monstruo, el villano que se interpone y un final que solo puede tener dos desenlaces. Vidas marginadas que se encuentran en ese sueño idealizado, la conexión instantánea de dos mundos que estaban destinados a necesitarse, pero con un pilar de circunstancias que se interponen en un camino que no merece nada más que amor. Es la premisa de una típica película romántica, pero una que no considera el enorme potencial narrativo que le añade Guillermo del Toro, en un regreso que lleva a sus queridos monstruos a un lugar nuevo y fascinante.


Elisa es la representación viva de lo que vendría a ser una princesa del mundo real, y que sea muda resume los desafíos con los que se plantea la trama en una sociedad llena de barreras. En este caso, la comunicación es tan relevante como la idea de una relación amorosa entre distintas especies, y sobrando las palabras, aparece la verdadera magia, a punta de gestos y acciones que son impecablemente llevados por Sally Hawkins. Ambos, la “princesa” y el “monstruo” comparten un vínculo único y que se desarrolla con ternura a lo largo de la película, pero uno que también refleja la violencia de un mundo que no parece preparado para enfrentarse a lo desconocido. Y si un villano como Strickland (Michael Shannon) no es un aporte, no sé qué lo sea. Un tipo con su propio universo de conflictos y destrucción es la punta filosa de un relato que impregna la poesía hasta en esa desesperanza rojiza y dolorosa.


Hay tanta armonía en la forma en que se va desarrollando la historia que es difícil destacar algo por encima de lo demás. Una preciosa banda sonora a cargo de Alexandre Desplat que engatusa tu propia relación con Elisa, o aquel trabajo de producción y fotografía a cargo de embellecer cada plano situado en los años 60, el regaloneo al cine es constante, y jamás deja de gustar. Es un romanticismo que homenajea a una época, a una forma distinta de ver las cosas, pero también conectando perfectamente a los problemas de hoy. Un mundo que oprime es un lugar que siempre le quitará la posibilidad al amor de relucir, y no hay tiempo ni lugar donde eso no aplique.


Salir enamorado de una sala de cine es mucho más de lo que suelo pedir, y tengo que decirlo, es la subjetividad más placentera que podría compartir en este momento. The Shape Of Water cala hondo en mi propia concepción de lo que espero de un autor comprometido con lo que es, y así da gusto que el sueño siga en pie, da gusto entrar a un lugar donde la fantasía llegue a emocionar gracias al inagotable amor por lo que se está haciendo. Desde los dichos del mismo director, el agua no tiene una forma definida, al igual que el amor. De ahí la idea de que todo sea posible, demostrando que las reglas no son propias de lo que debiéramos esperar de él, independiente de lo que nos diferencie. Y si el agua define a los momentos más importantes en esta relación, es porque la sinfonía es completa. Perdámonos juntos, sin formas, sin nadie más, sólo nosotros dos en las misteriosas profundidades que nos dan vida, y el resultado podría ser perpetuo y digno de una obra maestra.


Por Andrés Leiva
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